POR Diego Landi - landid@gmail.com FOTOGRAFÍA Pablo Lasansky / Diego Landi
A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:la juzgo tan eterna como el agua y el aire“Fundación Mítica de Buenos Aires”,
Jorge Luis Borges
“Buenos Aires tiene algo vivo y personal, está llena de dramático latido, algo inconfundible y original en sus mil razas que atrae al viajero y lo fascina”. Lo dijo Federico García Lorca hace más de 70 años. El poeta había ido a pasar dos semanas, pero el enamoramiento por el espíritu de su tañido hizo que su estadía se extendiera a seis meses. Desde esas afectuosas palabras hasta hoy, el paso del tiempo no ha hecho otra cosa más que regalarle a esta megalópolis sudamericana la mixtura perfecta entre un sabio añejamiento y un dinámico progreso.
Barrial y cosmopolita, tanguera y posmoderna, futbolera e hiper cultural. Las dualidades más antagónicas se confabulan en este emporio de más de tres millones de habitantes -que sumados a la población del área metropolitana superan los 10 millones- con una superficie de 202 kilómetros cuadrados, dispuestos en un terreno llano, sin grandes alturas. La primera dualidad curiosa que presenta la “Reina del Plata”, así llamada por estar a la orilla del caudaloso Río de la Plata, es que fue fundada dos veces; como si una sola no hubiera sido suficiente.
La primera ocurrió en 1536. El protagonista: Don Pedro de Mendoza, un colonizador español que estableció el primer asentamiento y lo denominó Ciudad del Espíritu Santo y Puerto Santa María del Buen Ayre, en honor a la Virgen sarda de los navegantes. En 1541, la ciudad fue destruida completamente. La segunda instauración tuvo lugar 44 años después, en 1580, por Juan de Garay, quien la bautizó como Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Ayres. El tiempo hizo que la capital se llamara Buenos Aires y sus nativos, porteños.
El oriundo goza y hace gozar de una de las urbes más sofisticadas y activas de América del Sur. Con sus más de 47 barrios, cada uno rubricado con una peculiar personalidad, esta diosa incansable es polifacética, contradictoria, sorpresiva y encantadora. Por sus céntricas vías se mezclan viejos edificios decimonónicos, turistas curiosos, protestas políticas, tentadoras parrillas para comer, bares aptos para la charla amigable y la contemplación.
La dinámica actividad cultural, comercial, deportiva y académica, ha sabido conservar primitivas tradiciones y reacondicionar lugares simbólicos.
De un tiempo a esta parte el tango, el río y el fútbol han tenido un florecimiento de cara a los más de cinco millones de turistas que la frecuentan anualmente. A esos asiduos, la “Reina del Plata” ofrece circuitos de milongas -lugares donde se baila tango-, espectáculos de música ciudadana de primer nivel, paseos por el Delta del ancho río e inolvidables merodeos por los estadios de los clubes más representativos de la ciudad: River Plate y Boca Juniors. Por si fuera poco, quien se acerque a sus dominios contará con un divertido respiro social y nocturno con discos, pubs y bares a sus pies. Cuando arrecia el apetito, los irresistibles y multisápidos menús de los más de 3.500 restaurantes existentes alistan sus mesas para esperar a los urgidos comensales con las más variadas cocinas autóctonas del mundo.

Noches mágicas
Paradigma de la nocturnidad de antaño, aún persistente, la avenida Corrientes es llamada “la calle que nunca duerme”. Está repleta de cines, teatros, salas de espectáculos, restaurantes, librerías y pizzerías abiertos hasta bien entrada la madrugada. El porteño es noctívago por naturaleza y disfruta salir a cenar a establecimientos gastronómicos ubicados en los barrios Puerto Madero, Recoleta, Palermo y zonas como Costanera Norte y Las Cañitas. Una noche se puede completar escuchando tango, jazz, rock y blues en vivo, o apreciar espectáculos unipersonales y obras teatrales de primer nivel. Quienes deseen seguir exprimiendo la diversión que entrega la urbe, se animan a rondar las discotecas que abren pasada la medianoche y declinan al recibir el alba.
Esa misma Corrientes, que de noche brilla como diamante, durante el día se transforma en una agitada arteria por donde circulan, veloces y apurados, miles de automóviles. Al cruzarse con la avenida 9 de julio, una de las más anchas del mundo, se puede encontrar al famoso Obelisco, cuya gráfica es una de las postales más representativas de la metrópoli. Con una altura de 67 metros, fue construido en 1936 para conmemorar los 400 años de la primera instalación española en el Río de la Plata y la primera vez que se izó en la ciudad la bandera nacional celeste y blanca.
Además de estos perímetros ineludibles, su abanico distintivo también acoge la Casa Rosada, estancia del primer mandatario nacional; la Plaza de Mayo y el Teatro Colón, uno de los foros líricos más famosos del mundo que promete una variada programación de ópera y ballet.
Nuevos vientos
Puerto Madero es novedad, refinado diseño, edificios imponentes, oficinas sofisticadas, hoteles y autos lujosos. Es una de las zonas más jóvenes, creada sobre lo que fue el antiguo puerto capitalino. Reciclado en la década de los 90, aloja torres exclusivas y se destaca por abarcar una completa oferta de restaurantes, pubs y discos. Pero también sobresale por el verde y el agua, ya que conecta a la ciudad con el río, lo que lo transforma en uno de los lugares preferidos.
En su entorno hay una reserva ecológica que hace las veces de pulmón y a la que van los deportistas a ejercitarse. El paseo peatonal que bordea los diques obsequia bocanadas de tranquilidad a los oficinistas estresados que pululan en su cinturón. De poco tránsito automovilístico, tiene la particularidad de que sus avenidas, paseos y plazas poseen el nombre de aproximadamente 25 mujeres destacadas por su actuación en la vida. El Puente de la Mujer, obra del arquitecto español Santiago Calatrava, comunica las aceras por sobre uno de los muros que contienen el agua, brindando un marco imponente cuando la ciudad se atavía de luces en las noches.
“En Buenos Aires todo vuela, la alegría / la anarquía, la bondad, la desesperación.
Y Buenos Aires es un bicho que camina / ensortijado entre los sueños y la confusión.
En Buenos Aires descubrí que el día / hace la guerra, la noche el amor”
“Buenos Aires” del álbum “Enemigos íntimos”
Joaquín Sabina – Fito Paéz
Hálitos barriales
De lo moderno y cool, a lo tradicional y humilde, hay pocas calles de diferencia. Dos barrios que encierran en sí mismos la identidad porteña son La Boca y San Telmo. El primero es el típico vecindario humilde, nacido a la luz de la ola inmigratoria que pobló la ciudad a principios del siglo XX. Sus modestas casas de chapas pintadas con múltiples colores -al haber sido utilizados restos de varias latas de pintura- ofrecen un decorado variopinto en el que siempre se cuela una melodía de tango, muy acorde a la escenografía, que invita a escuchar. Al estar allí, es imposible no visitar la calle Caminito, ni dejar de conocer la Bombonera -estadio de Boca Juniors- ni fotografiar al contaminado riachuelo.
Próxima al centro, se yergue San Telmo, una de las franjas más antiguas en la que emergió la ciudad. Aires de tiempos coloniales se inhalan en cada centímetro y en cada baldosa. Perfumes añejos de bohemia transpiran sus bulevares empedrados en los que se mezclan ateliers de artistas y artesanos, locales de viejos anticuarios, bares rústicos y los nuevos hostels rebalsados por vigorosos visitantes que, dinámicos y movedizos, se embelezan con la mística de este ecléctico y fascinante sitio en el que bullen numerosas tanguerías. En la Plaza Dorrego se celebra cada domingo la pintoresca Feria de Antigüedades de San Pedro Telmo. Como en casi toda la ciudad, hay muy buenas parrillas para degustar sabrosas carnes asadas, típicas de la célebre planicie argentina.
Riqueza cultural
Aristócratas, muchos de ellos terratenientes de esa rica pampa húmeda, supieron tener -y aún tienen- refinados palacetes en el barrio La Recoleta, cuyo nombre se relaciona con el convento de los Padres Recoletos. Este exclusivo círculo reúne históricos edificios y un conjunto de excelentes restaurantes, discotecas y confiterías. Su diseño arquitectónico afrancesado desborda pompa y jerarquía europea en cada rincón. En sus adyacencias se encuentra la Iglesia del Pilar, construida en 1732, y el histórico Cementerio que, con sus bóvedas y monumentos, da descanso a próceres y familias de noble alcurnia.
Para quien busca cultura y arte, este punto es imposible de eludir. Allí está la Biblioteca Nacional, el Museo Nacional de Bellas Artes, el Palais de Glace, el Museo de Arte Decorativo y el Centro Cultural Recoleta, entre otros espacios de interés. La Plaza Francia es un lugar encantador en el que se puede disfrutar de sus artesanos y artistas callejeros.
Muchos Palermos
Palermo son muchos palermos en uno. Algo parecido al cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges, uno de sus más célebres vecinos enamorado de sus sortilegios. Es una de las jurisdicciones más extensas y bonitas por sus parques, bosques y arboledas. Entre sus tantos tesoros se encuentra el Palermo de los Bosques y Lagos, otro de los grandes respiros vegetales en el que los amantes de la naturaleza pueden deleitarse. Muy cerca están el Zoológico, el Jardín Botánico, el Jardín Japonés y el Predio de la Sociedad Rural.
Pero Palermo tiene su faceta nostálgica y bohemia con calles empedradas y bares viejos. A pocas cuadras o pasos se transforma en un reducto de modernos diseñadores de vanguardia, locales con novedades excéntricas, sede de graciosos artistas callejeros y epicentro de la movida joven porteña, activada de jueves a domingo cuando cae el sol. Su siempre cambiante faz también es sinónimo de caballos. El Hipódromo Argentino copa parte de su territorio, tentando a los jugadores a apostar no sólo en los equinos sino en una desafiante cantidad de seductoras maquinitas de casino. Contiguo está el Campo de Polo, telón de fondo para la práctica de esta disciplina en la que los ejemplares locales se destacan mundialmente.
Como una versión ampliada de Palermo, Buenos Aires tiene muchas facetas y muchas vidas por ofrecer. Desde calzarse una camiseta de fútbol para mimetizarse en una fiesta popular de tal envergadura, hasta probarse el sombrero gardeliano para animarse a bailar unos tangos suburbiales. Pocos podrán irse sin degustar las carnes y los vinos, placeres democráticos a toda alma que vague por su amplio crisol de embrujos, disfrutes que hacen que Buenos Aires tenga “algo vivo y personal”. Eso mismo que, hace más de 70 años, hizo enamorar al poeta Lorca de estas calles sin igual.