Por Trina C. Ballesteros Gil / Nora Valerii Fotografía Carlos Marques Estilismo Elio Vásquez Vestuario Scutaro
Nacieron a kilómetros de distancia. Ella en el calor de la vorágine caraqueña y él en medio de los apacibles y gélidos paisajes canadienses de Vancouver, para luego amamantarse de la alegre savia de su querida Medellín, en Colombia, lo que lo convierte en todo un paisa. Han recorrido el mundo en diversos rieles y sin embargo dieron con la dicha de toparse un día para reconocer que compartían algo más que su postración por el canto.
Cuando están juntos, pareciera que el mundo estorba y que las miradas fisgonas pasan tan desapercibidas como para prestarles atención. De inmediato fluye la química y no hay más que dos voces, dos miradas y cuatro manos que se unen para ser cómplices, incluso en los días en que protagonizaron, desde los románticos escenarios de Buenos Aires, en Argentina, el gran sueño de ser Latin American Idol.
Desde un principio, cuando decían ser sólo “amigos”, “Johmpy” -como es conocido entre sus más allegados- no ocultaba sus sentimientos hacia Mayré: “Nos parecemos tanto. A veces uno imagina a la persona con la que quiere compartir, con quien se entienda, con la cual ser feliz, con la que se ría y te acepte como eres, sin juzgar. Es un cariño honesto y un sentimiento especial que quiero en mi vida. Es una persona muy importante para mí”, confiesa John Paul, mientras obsequia una explayada e impecable sonrisa.
Por su parte, desde que Mayré Martínez se bajó del avión con el título de Latin American Idol, afrontó las constantes interrogantes de la prensa criolla en torno al “pase de corriente” o “jujú” que, como asegura, ambos eran los únicos que ignoraban: “Entre nosotros comenzó a crecer una amistad muy hermosa, tenemos una compatibilidad y conexión espiritual increíble”, refiere extasiada.
Revelado lo que ya era un secreto a voces, deja colar el fervor de mujer enamorada describiendo a su media naranja como “súper artístico, romántico, centrado, disciplinado e inteligente. Estoy muy enamorada de él, lo que pasa es que no queríamos engañarnos, porque nuestra profesión es bastante fuerte. Sabemos que va a ser difícil, pero decidimos que valía la pena intentarlo. Es mi persona favorita y pensamos que esta relación funcionará, que viviremos felices por muchos años o tal vez para toda la vida”. A buen entendedor, pocas palabras…
Pero, ¿cómo Mayré no iba a enamorarse de quien comparte su gran pasión por la música? Los inicios de John Paul Ospina en su patria adoptiva como modelo y presentador del canal de video Much Music distan mucho de su timidez adolescente. Vivir de cerca estos oficios no sólo lo catapultó a la popularidad sino también lo inauguró en el poder y el hechizo de un universo poblado de notas y voces, una convicción que, poco a poco, fue reclamando su propio espacio. De esta época recuerda haber compuesto “canciones comerciales, jingles, y ya comenzaba a hacer temas para otros artistas”. Pese a su creciente fama, mantenía blindada su sencillez: “Aprecié mucho mi trabajo de ese momento, pero sentía un gran vacío porque no estaba haciendo realidad mi sueño”, sopesa. Su anhelo de ser conocido como músico, y no como un animador que juega a cantar, y el hecho de que sus amigos de siempre comenzaron a casarse e irse del país, encendió una urgente reflexión: “Hubo un momento en el que me senté en mi casa, miré a todos lados y estaba completamente solo, sin novia, mis amigos no estaban y dije: ‘Sabes qué Dios mío, necesito que usted me mande un cambio grande, ¡quiero hacer música!’ Fue una crisis existencial”, señala ensayando la perturbación de entonces.
Como si hubiera convocado al mejor de los genios, el deseo llegó, pero de manera radical. Fue un cambio en el que, el hasta entonces reconocido animador y modelo, hizo a un lado su fama y, como cualquier mortal, se registró para audicionar en Latin American Idol: “Era un día viernes cuando se fue mi último amigo de Bogotá. Me senté en el computador y me sentí tan vacío que comencé a hacer una lista de mis pertenencias y les coloqué precios. La envié por medio de un e-mail en el que decía que estaba vendiendo todo, que me iba del país. No tenía más proyectos que mi inscripción en la competencia, pero no sabía si quedaría seleccionado”, recuerda.
Con un corazón roquero y mucha influencia electrónica, echó guante al único tema pop en español de su repertorio mental, “Color Esperanza” de Diego Torres, para convencer al duro tribunal sentenciador. “Aprendí a conocer y querer más la música, porque no me considero un artista pop, ni escuchaba el tipo de géneros que muestran en Latin American Idol. Siempre me he caracterizado por ser bastante impulsivo y este arrebato, gracias a Dios, me salió bien”.
Hijo de una familia en la que la música es parte de la cotidianidad, repasa que en el reto enfrentado adoptó nuevos hermanos de diferentes acentos junto a quienes nutrió una misma efusión. “A medida que pasaban las audiciones me fui enamorando más del programa. Me encontré con una familia. Todas las semanas nos escribimos, estamos pendientes de lo que estamos haciendo cada uno y nos mandamos letras de canciones”, enumera al ilustrar los lazos cosechados. De ese staff de cercanías, el argentino Hernán y su paisana Isa no son sólo sus más cercanos afectos sino también los compañeros de ruta con quienes ha creado más de un tema. Como es de imaginar, el sitial de honor se lo lleva Mayré Martínez, la flamante triunfadora de esta medición: “A veces pienso que tuve ese impulso de meterme allí y de cambiar mi vida porque tenía que conocer a Mayré”, recalca.
Se trata del mismo destino que encauzó a la enérgica y carismática venezolana a su camino al estrellato, en una incursión para la que definitivamente nació: “Más que mi sueño, era también el anhelo de toda mi familia y mis amigos, quienes me apoyaban en todo momento. Antes de ser cantante ya era la intérprete de mi casa, luego del colegio y después de mi universidad”, recuerda. Esta letanía de niveles cierra con broche de oro con la gracia de haberse convertido en la ídolo de toda Latinoamérica, gracias, en buena parte, al estímulo de una madre periodista dedicada a la fuente de espectáculos, quien se convirtió en la tenaz auspiciadora de su formación artística, al llevarla a las numerosas ruedas de prensa de figuras famosas que en su diario desempeño debía cubrir. “Cuando gané, fue la primera rueda de prensa mía, mía, de verdad. ¡No lo podía creer!”, rememora con el mismo entusiasmo.
Si de trayectorias se trata, Mayré es secuaz de la música mucho antes de ingresar al concurso. En sus brazos, desarrolló una gran habilidad para conmover a quienes la escuchan sobre una tarima y para ayudar a aquellos que, aunque soñaban con cantar, no contaban con el talento. “Lo que más abundan son entrenadores vocales, como en el béisbol. Me di cuenta que tenía esa destreza”, reconoce.
Lo que comenzó con pequeñas clases a la salida de cada presentación, a solicitud de los fanáticos que la seguían a cuanto local nocturno pisaba, continuó con talleres en la sala de su casa, hasta que la imperante demanda dio pie al nacimiento de su academia: “El Arte de Cantar es uno de mis primeros sueños hecho realidad que, además, dependió de mí, no de una disquera, ni de votaciones. Empezamos con estudios en los que se podían grabar canciones de calidad. En paralelo, iba preparando mis temas, participaba en festivales, me llamaban de otros países para que fuera a cantar y presentaba mi música en todos lados”.
Ante la insistencia de sus fans y allegados, decidió jugárselas todas y audicionó para el programa televisivo nacional Fama, Sudor y Lágrimas. A pesar de haber grabado, durante 14 años, jingles publicitarios para diversas empresas y marcas, como Fundición Pacífico, Barbie, Sony Entertaiment Television, Ford, Belmont, Bahía’s, RCTV y Venevisión, nunca había enfrentado directamente lo que implicaba la pantalla chica. La meta también requirió invertir en abastecerse de un buen armario “hasta que unos vestuaristas se apiadaron de mí y me patrocinaron sin pedir algo a cambio”.
En nueve meses de competencia y apariciones semanales a través de Radio Caracas Televisión, fue a partir del quinto mes que la gente en la calle comenzó a reconocerla: “Siempre llamé la atención vocalmente, pero físicamente ni me veían”. A pesar de esa impresión, en Latin American Idol, su voz y sus piernas también fueron foco de atención de muchos seguidores masculinos.
En medio de la abrumadora experiencia en tierras porteñas, Mayré se encontró con otra mujer que también llegó a Buenos Aires a hacer realidad su ilusión: Erika de la Vega. “Cuando salí de Fama ella lloró porque pensaba que era injusta la decisión. Me veía con tristeza, mientras yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Ella no lo entendía, la abracé y le dije: ‘Nos vemos en Latin American Idol’, porque me enteré que estaba haciendo el casting como animadora. Ambas estuvimos muy compenetradas, estábamos haciendo realidad nuestro sueño en el mismo programa y veníamos del mismo canal”.
Desde las pruebas para Latin American Idol, Mayré dio muestra de su popularidad. “Me daba risa porque los argentinos dirían: ‘¿Ésta quién es?’, porque me tomé fotos con toda la cola, era toda la gente que había visto el programa y querían estar allí. Yo fui muy sencilla, pero llamé la atención porque firmaba autógrafos”.
A medida que la competencia avanzaba, la preferencia del público por Mayré iba en franco ascenso, pero había un pequeño detalle: el contrato que aún la unía a Radio Caracas Televisión: “Eladio Lárez fue muy flexible. Hasta tres meses después de Fama Sudor y Lágrimas debía estar ligada al canal pero él me dijo: ‘Te voy a dar el permiso, así que ya no tienes compromisos. Vaya y gane”.
En cada palmo de lo que significó esta evaluación de voces, y tal como lo reconociera Gustavo Sánchez, jurado y productor musical de Latin American Idol, la venezolana se perfilaba como una artista integral. Percepción que, para Mayré, significó una mayor responsabilidad, convirtiéndose en su propia jueza: “En ambos programas me decían que, si ya cantaba bien, por qué me empeñaba en llamar la atención. Y es que sentía que competía conmigo misma, que el compromiso era con los televidentes. Quería que cada una de mis presentaciones fuera mejor que la anterior”.
En el transcurrir de tantas vivencias, nunca abandonó su terca vocación de maestra y aconsejaba a sus compañeros, “porque la profesora de canto nunca se acuesta a dormir, aunque a veces me encontraba con gente a quien no le agradaba que lo ayudara”.
Una vez trazado el sendero, luchó sin tregua, visualizó su éxito y fue por él. Eso “me hace sentir que todo el mundo es su destino, que cada cosa que me ha pasado la he buscado y la he exprimido. Además, tuve la fortuna de tener unos padres que me han apoyado, sin ellos todo hubiera sido más cuesta arriba”.
Ahora, la misión es luchar para mantenerse en el tope. Dos producciones discográficas la mantendrán activa durante el 2007. La primera congregará los temas que identificaron su estelar participación en Latin American Idol, mientras que el segundo álbum abrigará canciones inéditas firmadas por compositores de lujo como el dúo Sin Bandera, Reyli, Franco De Vita y John Paul Ospina. Con este repertorio confirmará que “más que cantante, soy una entretenedora, me gusta hacer olvidar a la gente su estrés diario, sus angustias e intento inspirarlos a hacer cosas bonitas”, hasta el punto de querer “ganarme un Grammy porque eso significaría que le estoy cantando al mundo entero”.
Es así como el futuro de esta carismática dupla se sospecha prometedor. No es para menos, porque el amor, en todos sus matices, es la fuerza que promueve nuevos desafíos. Mientras tanto el público podrá seguir las incidencias de sus victorias y proyectos a través de los sites www.mayremartinez.com y www.myspace.com/jpospina.