El cuarto ideal para leer a Corín Tellado, la cocina perfecta
para preparar codornices en salsa
de pétalos de rosa y la sala
con la más atinada ambientación para contemplar “Mujer Bonita”
una y otra vez, son los aires
que se respiran bajo
el dulce estilo romántico

Por Atamaica Rios

Dispuestos a imagen y semejanza del genio de sus ocupantes, los hogares son la puerta íntima y siempre polifacética del orbe personal. Es así como los amantes de la naturaleza activan en sus nichos la tendencia rústica, mientras los fanáticos de lo high tech apuestan por el minimalismo a ultranza. Quienes se codean con la sintonía de lo sentimental y subjetivo, no tienen otro carril que recibir en sus moradas las delicias del Romanticismo decorativo, coletazo del movimiento cultural dieciochesco que coronó la primacía emocional sobre lo racional.

Sin embargo, y apegados a los estándares mundiales de ahorro, comodidad y calidad a bajos precios, una cucharada de azúcar siempre será bien recibida, si lo que busca es implantarle a su vivienda una dulce caricia romántica que, además, arrullará su bolsillo.

La primera asignación para un romántico empedernido es colorear el espacio en cuestión con matices neutros y pasteles, desde el vainilla hasta el verde agua, paseándose por el clásico rosa y el lila. Esto con el claro objetivo de aportar gentileza y resplandor a las paredes.

Las mieles del sabor
Como se trata de componer un clima entrañable, nada mejor para el área de la cocina que el uso de la madera, ya que “inspira calidez e intimidad, y el romanticismo evoca sentimiento, algo que este material, como elemento decorativo, transmite perfectamente”, explica Antonio Caballero Bataller, restaurador español especializado en “La Scuola Vasari di Firenze” (Florencia, Italia), con Máster en Historia del Arte en la Unidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), en España.

Caballero acota algunas razones para seleccionar su pigmento más claro. “El movimiento romántico surgió entre finales del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX, época de cambios, aires de libertad, vivencia individual, todo representa esperanza y sueños, claridad. Lo oscuro simboliza al pasado”.

Los electrodomésticos deben ir empotrados en la pared y en el centro de la cocina puede guarecerse una mesa auxiliar con tope de granito. Los alimentos, como pastas de diferentes colores, deben lucirse en frascos transparentes, pues transmiten intimidad.
El seibó o aparador con puertas de vidrio para guardar la colección de platos pintados con escenas bucólicas o flores pequeñas, es un elemento clásico en el regazo de esta directriz. No obstante, y en pos de guardar el recato del equilibrio, es válido disponer de una vajilla unicolor, sobre todo si las servilletas o el mantel ya exhiben pinceladas ornamentales.

La ventana de la cocina debe lucir una vaporosa cortina en telas como la organza, que puede ser la compañera ideal de una lámpara de techo de la que se desprendan cristales en forma de lágrimas.

Cálido recibimiento
Disponer de un ambiente afable para recibir visitas o compartir en familia es fundamental. Los chispazos románticos también se cuelan en estas áreas, así que una buena intervención empieza por empapelar o entelar, parcial o totalmente, las paredes con realces floreados en colores pasteles. Las angostas rayas horizontales también son espléndidas cuando se trata de airear la redundancia de espacios monocromáticos.

Un sofá de tres puestos, de tipo convencional, con líneas redondeadas y en un matiz sólido como el verde, atrapará las miradas centrales de este lugar que, romántico al fin, albergará sus sueños. En el perímetro lateral de este sillón, estacione dos butacas de estilo gustaviano, caracterizado por sus bordes de madera con brocados y relieves. Las tapizadas con patas de flauta y apoyabrazos son alternativas admitidas. Los cojines y mantas en algodón o seda, las alfombras de lana y dos espigados candiles con biombos de tela que emulen diseños florales cerrarán esta cálida órbita.

Como elegantes acompañantes, surgen las consolas para los recibidores, al igual que los escritorios. Éstos deben lucir patinados y decapados: “El término ‘patina’ se aplica a cualquier forma de envejecimiento o cambio de color de una superficie; decapar significa quitar la capa de encima. De esta forma se adquiere un aspecto nuevo y ambientes diferentes”, revela Caballero, quien restauró la mesa bufette del siglo XV para el Salón Dourat, en el marco de la visita del Papa Benedicto XVI a Valencia, España, en junio de 2006.

Mesitas auxiliares de diferentes tipos: bajas con gavetas centrales, para colocar portarretratos; altas para la entrada, ubicadas debajo de un elegante espejo, o ratonas, alistadas en el ombligo del salón, pueden confabularse entre sí, siempre y cuando no estén atravesadas. “Se debe estudiar qué es lo realmente útil, pues existe la idea de abarrotar los ambientes de elementos que no cumplen alguna función y estorban”, describe Isabel Antón, profesora de Diseño Interior, Expresión y Perspectiva del Instituto de Diseño Brivil, en Caracas. A este respecto, sugiere evitar los excesos: “Aconsejo desplazar las mesas o sillas que no se usan, y que se colocan como meros adornos, a un lugar donde cumplan la función para la cual fueron creadas, nada que entorpezca luce”.

La entendida sugiere que, para arropar las ventanas, se dispongan cortinas elaboradas en “telas de suave caída como el tafetán”, aunque muchos asiduos a esta consigna apuestan por emplear el mismo diseño y textura que engalana los muebles.

Para el comedor, Antón opta por complementos como “candelabros de líneas del siglo XVIII o XIX, jarrones de vidrio opalina fungiendo como centros de mesa, o un bol con frutas”.

Caballero, por su parte, completa el look. “En la ornamentación se opta por coronas de rosas cerradas, guirnaldas, flores de lis y figuras en cerámica como cisnes, delfines y escenas mitológicas”.

Estancias sensibles
La meca del romanticismo es la habitación. Una cama de esmerada calidad, un colchón suave, sábanas de algodón o lino y mullidos almohadones que inviten al descanso serán obligatorios. El cabecero del lecho también podrá ser forrado por tejidos delicados; otra alternativa es labrarlo en hierro forjado o en madera pintada, mientras un cubrecama de flores dará el toque decisivo.

“Los pequeños floreros distribuidos en la habitación la llenarán de una fragancia fresca y natural”, sugiere el site Estiloambientacion.com.ar. La idea es posarlos en mesitas de noches, estantes o en la peinadora, que irá acompañada de un banco revestido en terciopelo o gamuza, preferiblemente en un color llamativo. Lámparas de pie alto con pantallas de tela y brazos curvos de cobre y cajas decoradas son los acompañantes ideales de estas rinconeras.

La página argentina de decoración insiste en que “el elemento imprescindible en un dormitorio al más puro estilo romántico es el dosel o la mosquitera, pues aportará a nuestra cama una innegable distinción”.

Para conservar esta sensible, elegante y sofisticada tendencia, los recintos de aseo serán copados por materiales como el mimbre y la rafia. En este sentido, es pertinente guardar toallas y amenities en cestas rematadas con tiernos lazos en gamas lila o rosado que garanticen el espíritu de este talante.

La luz es un detalle que no puede faltar. La premisa es que proyecte sutiles e indirectos rayos que no incidan abrumadoramente sobre la cabeza de los usuarios, a menos que la luminaria esté cargada de cristales. Esto hará que los espacios luzcan amplios y refinados, condición básica del aroma romántico.