POR Pamela Velasco FOTOGRAFÍA Stefano Gramitto
Ungidas por su sello sonoro, reposan en su haber 120 cortometrajes y 40 películas
que, cual cinemateca nacional, engrosan y registran la evolución de este
maestro de la ambientación acústica cinematográfica. Es así
como Stefano Gramitto hace un paréntesis en su habitual alborozo electrónico,
para dejar pulsar los estímulos de su bien cultivada sapiencia rítmica.
Nacido en Roma, Italia, y criado bajo firmes consignas católicas, pisó
tierra venezolana a los 14 años de edad. Ya por esas fechas su inclinación
musical se dejaba sentir. “La electrónica me llamaba mucho la atención,
tenía pequeños ‘juguetes’ de la época como osciladores
de laboratorio que usaba para hacer música, sentía una gran curiosidad
por el sonido, grabación, transmisión, radios, cables…”,
recuerda Gramitto.
Sus primeros roces artísticos estuvieron ligados a Luis Levin, biólogo
y músico, y Alvise Sacchi, con quienes inauguró en 1976 “Musikautomatika”,
un grupo experimental electroacústico, ocurrencia que aún le obsequia
sobradas dichas. En aquella época, impulsado por la urgente necesidad de
engranar su pasión con una carrera que le proporcionara dividendos económicos,
vio en el Cine la realización de sus apetencias.
Oscar Garbisu, versado en restauración cinéfila vernácula;
Michael New, cineasta trinitario, y Andrés Agusti, cineasta español,
fueron la llave que descorrió el cerrojo de su autodidacta formación
como ingeniero de sonido, pulida más tarde por la lectura de libros especializados.
“Mi trabajo no sólo abarca la parte técnica de la grabación:
los textos, los efectos y los ambientes, también me he convertido en un
creador de la banda sonora final de la película”.
A partir de ese momento, la historia empezó a contarse por sí sola.
“La rosa de los vientos” de Michael New; “Muchacho solitario”,
de César Bolívar; “Habana Havana”, de Alberto Arvelo;
“Secuestro express”, de Jonathan Jakubowicz; “Francisco de Miranda”,
de Diego Rísquez, y “Lo que tiene el otro”, de Miguel Perelló,
conforman parte de su inventario como sonidista del séptimo arte.
Ser el padre de la ambientación musical de tales historias le ha legado
muchas y profundas satisfacciones. Pero su mayor logro en este campo lo lideran
“Sangrador” e “Infierno perfecto”, ambas de Leonardo Henríquez,
pues “de todo el trabajo que he hecho a nivel de cine nacional son los proyectos
que más me complacen artísticamente, porque fue la posibilidad de
dar rienda suelta a mi imaginación como diseñador de sonido”.
Para lograr este hinchado repertorio, Stefano insiste que, como requisito fundamental,
hay que contar con una actitud y sensibilidad “casi poética”
en torno al sonido. “Si posees eso, tienes 90% del camino hecho. El resto
es constancia”.
El estar sumergido en las aguas cinematográficas nacionales, lo acreditan
para revelar su percepción sobre el estatus de las producciones criollas,
aclarando que es el momento de concebir la manufactura nacional desde una óptica
universal. Reconociendo la dilatada brecha que separa a Venezuela del cine mundial,
considera capital voltear la mirada a las ofertas y posibilidades que dispensa
Internet, caudal inmediato y efectivo de proyección. Estimando su vertiginoso
apogeo, arguye que “deberíamos meternos en un nicho como éste,
que es el futuro”, mientras se dispone el terreno para que la web termine
por acaparar los medios de distribución.
Reactivando sus energías diarias en la pretensión de cumplir renovadas
metas, cuenta entre sus anhelos el verse, en un día no muy lejano, en una
silla de dirección, sin que tal coronación amerite separarse de
su actual desempeño, caracterizado por la incorporación de los atributos
que brinda la tecnología moderna.
La vida circense que abraza su existencia, ha determinado la complejidad de consolidar
sus relaciones afectivas, sin embargo, asegura comandar una inquebrantable “lucha
diaria por mantener mi personalidad apegada a la realidad y no al rodaje de una
película”, para así disfrutar de sus hijos y la pareja con
quien esté ligado sentimentalmente.