POR Pamela Velasco FOTOGRAFÍA Stefano Gramitto
“Quien me crió fue mi mamá. Íbamos mucho al cine los
fines de semana y en esas salidas vimos ‘El Submarino Amarillo’, de
los Beatles, y ‘El Gran Dictador’, de Charles Chaplin…”,
así rememora Alejandro García Wiedemann su bautizo en las inmediaciones
de este cosmos que tantas complacencias le ha brindado y con el cual se siente
atado, en una especie de complicidad definitiva.
Hijo único de padres divorciados, adquirió valores que abraza con
especial efusividad en su desenvolvimiento habitual, tomando como suyos “la
verdad y el bien obrar, pues uno debe llegar, en la medida que avanza la vida,
con esos dos preceptos”, reconoce con sentido ético.
Nacido en el pulso de la capital nacional, entendió su irreversible predilección
por la pantalla grande desde que cursaba Matemáticas en los pupitres de
la Universidad Simón Bolívar de Caracas. “El pez que fuma”,
de Román Chalbaud, proyectada por el Centro Experimental de Cine de su
alma mater, fue el ticket que ovacionó su flamante ingreso al cinéfilo
club. “De seis horas de clases y dos dedicadas al centro, pasé a
ocho horas en el centro y dos en clases. Contabilizando las prioridades de mi
tiempo y mi vida, opté por estudiar Comunicación Social en la Universidad
Central de Venezuela”.
Así fue. No en vano la mudanza trajo robustos beneficios y en un santiamén
se contaba entre los aspirantes seleccionados a estudiar en la Escuela Internacional
de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños en Cuba, presidida
por el legendario escritor colombiano Gabriel García Márquez y dirigida
por el poeta argentino Fernando Birri.
Cuatro años alojado en este punto caribeño le hizo conocer la colosal
oportunidad de ser instruido por verdaderos eruditos del tema como George Lucas,
Francis Ford Coppola, Robert Redford, Michèle y Armand Matterlart, quienes,
con sus aportes teóricos y prácticos, cedieron su grano de arena
para que Wiedemann recibiera el título de Videocineteleasta.
Certero y efectivo, este maestro de la fotografía fílmica se ha
codeado, de tú a tú, con multitud de escenarios, pero para ello
debió entrenarse en los intríngulis del menospreciado formato de
video. “Cuando regresé a Venezuela se me hizo difícil introducirme
al medio. Se dio la oportunidad de dirigir la fotografía para unitarios
y películas para TV, e hice más de 20. Fue mi escuela práctica
y mi entrenamiento”, recuerda.
De estas osadías sacó el mayor provecho para relacionarse con directores
vernáculos de cine, quienes más tarde solicitarían su valiosa
sapiencia. “De ahí trabajé en mi primer largometraje que fue
‘Caracas amor a muerte’ de Gustavo Balza”, y en proyectos de
Carlos Porte, Luis Manso, Solveig Hoogesteijn, Luis Alberto Lamata y Román
Chalbaud.
Esta larga lista se pasea por producciones criollas y foráneas como “Sucre”,
“Salserín”, “Galarraga”, “El Otro”,
“Pillos”, “Elipsis”, “Al borde de la línea”
y “Lo que tiene el otro”, en calidad de director de fotografía,
pero el clímax de su labor lo lidera su ópera prima “Plan
B”, película por la que obtuvo un meritorio reconocimiento por parte
del Festival de Cine Venezolano. “Es mi historia, mi visión, mi manera
de contar, sin duda ‘Plan B’ es la idealización de mi trayectoria
profesional”, advierte satisfecho.
Hablar del séptimo arte venezolano lo ancla a un paraíso en proceso
de gestación, considerando que todavía le falta mucho camino por
recorrer. “Debe haber inversión del Estado, de la empresa privada
y la redistribución de la renta fílmica”, sugiere, mientras
destaca el profesionalismo y dedicación con que muchos se empeñan
en abonar el terreno, al tiempo que censura a aquellos signados por la mediocridad.
A la espera de poder aplaudir el futuro del cine venezolano, planea sus próximos
ataques cinematográficos: “los largometrajes ‘Los fantasmas
de sol’ y ‘Patas arriba’, y los cortometrajes ‘Tin marín’
y ‘Amores de tercera’, todos escritos por Gabriela Rivas, mi esposa,
compañera, productora y guionista”, con la que ha construido su propia
historia de amor junto a sus hijos Gabriel y Michelle, las personas más
importantes de su vida, con quienes disfruta cada momento de su tiempo libre,
mientras idea un nuevo episodio en los confines de su imaginación.