Por Nora Valerii Fotografía Rafael soto
Amparado por las dádivas de materiales cotidianos, encorvado en la maleable
potencialidad del papel y el cartón, e instigador lúdico de personajes
salidos de sus fábulas gráficas, José Antonio Brouzzó
ha maridado los esquemas constitutivos del Diseño Industrial para extraer
de su ombligo la raíz de sus merodeos artísticos. Aprovechador
consecuente de motivos prestados por la naturaleza, ha plegado la papiroflexia
en cada ápice de sus dedos para encender pantallas que iluminan pareceres,
incidencias y sintonías. Superando la desahuciada caducidad del papel,
se sumó a su contraparte masculino, el cartón, con la certeza
de haber hallado en sus consistencias el aliento necesario para humanizar sillas
en las que se asientan los poros más inesperados de sus roles sociales.
Enfundando las premisas de lo geométricamente armonioso, Brouzzó
hace de lo lineal un espigado recurso de infinitas aspiraciones que buscan,
en el marco objetivo, responder a un llamado espiritual.
¿Qué lo condujo al estudio del Diseño Industrial?
Nací en Caracas, el 23 de julio del 1961. A raíz del terremoto
de 1967, mi familia se mudó a San Juan de los Morros. Desde muy pequeño
he tenido la suerte de tener unos padres creativos y laboriosos con las manos.
Papá es ingeniero, una persona muy observadora de la definición
del objeto. Mamá trabajó en el área floral, la ayudaba
en sus labores y entonces fui compenetrándome con la mecánica,
por un lado, y con la belleza, armonía y sensibilidad, por otro. Mis
juguetes eran el famoso mecano y los legos. Hacía carros y, junto a mi
hermano, armábamos cohetes imaginando que en ellos podíamos ir
a la Luna.
Durante el bachillerato me incliné por el área del Dibujo Técnico.
En Puerto Ordaz, ciudad a la que me vine con uno de mis hermanos, trabajé
haciendo copias de planos de módulos asistenciales y viviendas, gracias
a la ayuda de un amigo que me enseñó a manejar las herramientas.
Me concentré con devoción a este oficio que me ayudaba a canalizar
mi vocación, hasta que me gradué como diseñador industrial
en el instituto Antonio José de Sucre.
Era fanático lector del diseño escandinavo, de las tendencias
en Noruega, en Finlandia. Me involucré, autodidactamente, con el arte
de oficio surgido a partir de la Revolución Industrial. En mis investigaciones
conocí los aportes de la escuela alemana Bauhaus, que fue mi punto de
partida. Entendí que el diseño debía ser funcional y sin
recargos, hasta llegar al minimalismo, con su consigna menos es más.
Mi problema siempre ha sido tratar de solucionar, racionalmente, una necesidad
con el mínimo material posible.
¿Cómo llega un diseñador industrial al regazo del arte?
Ambos tienen puntos de convergencias casi imperceptibles. El Diseño Industrial
obedece a un requerimiento racional. El arte atiende necesidades emocionales.
Cuando se unen estos ámbitos, la pieza producida se convierte en arte
utilitario. Sin embargo, llegué a este mundo por casualidad. Al recibir
mi título, impartí clases por una temporada. Luego pasé
al Instituto Universitario Tecnológico Rodolfo Loero Arismendi (Iutirla),
primero a la escuela de Diseño Industrial y luego a la de Diseño
Gráfico. Entré con la tarea de intervenir gráficamente
superficies y yo había estado trabajando en la parte tridimensional,
entonces tuve que compaginar ambos aprendizajes. Me he enfocado en que los objetos
creen una interfase entre el usuario y el producto, y que ese saldo sea una
obra de arte que puedas manipular fácilmente. Sin embargo, mis primeras
incursiones en el arte fueron en la pintura, impelido por la necesidad de explorar
el uso del color y los materiales. Pinté, sobre lona cruda, en óleos
color tierra. Estuve influenciado por el trabajo de Roy Liechtenstein, artista
neoyorquino inspirado por la civilización industrial urbana y en la composición
de la mitología de nuestro tiempo. También por el pintor y escultor
brasilero Romero Britto, ambos involucrados en el arte Pop y en el Neo-cubismo.
¿Qué lo indujo a experimentar con la papiroflexia?
Desde que me desempeñé como dibujante técnico, me di cuenta
de las factibilidades del papel, un gran soporte constructor. Por iniciativa
propia, comencé a experimentar con origami. Descubrí el lenguaje
expresivo, romántico, cambiante y flexible de su personalidad, capaz
de transmitir múltiples sensaciones. Luego, y dada mi fijación
por lo útil, lo sumé a la luz y comprobé las distintas
funciones e incidencias que podría tolerar. Empecé a hacer lámparas
con bases de cartón y pantallas de papel, sin ningún tipo de intromisión.
Hice pruebas en mi casa y elaboré una serie de 15 piezas que tuvieron
muy buena acogida, eso me sorprendió, porque era una propuesta sencilla,
como las llamo, unas luces de cortesía, que logró llevar un mensaje
casi espiritual. De esa vivencia surgió una primera exhibición
en la Sala de Arte Del Sur, en el 2001, otra en la Sala de Arte de Sidor, en
el 2003, y una tercera en la Cámara de Comercio de Puerto Ordaz en el
2004.
¿Qué debilidades detectó en el uso del papel?
La principal fue que las piezas, debido a la fragilidad del material, estaban
desahuciadas. Era muy contundente la incidencia que ejercía sobre ellas
la luz, los cambios de temperatura y el roce diario. No quise intervenir su
superficie con algún tipo de soporte o barniz que oxigenara su permanencia,
pero que distorsionaría su expresión natural.
¿Es entonces cuando optó por el cartón?
Sí. Lo siento como una variante y la contraparte masculina del papel,
que es, en esencia, femenino. Su mayor gramaje le otorga fortaleza y contundencia,
aunque es menos sutil, expresivo y emocional. Estoy analizando su comportamiento
en la elaboración de sillas, ahora surgió un nuevo reto, tratar
de solucionar su gran peso, sin que la pieza pierda resistencia. Tendría
que disminuir la cantidad de material empleado y reforzar los puntos críticos.
¿Cuáles han sido los temas abordados en la dupla industrial-artístico?
La vegetación. Caminé mucho por los parques La Llovizna y Cachamay.
Siempre me llamó la atención la forma orgánica de los árboles
y las hojas, elementos de una increíble riqueza cromática. Eso
me sensibilizó. He querido llevar un mensaje, conciente o inconciente,
de conservación y esa seguirá siendo mi línea. En estos
momentos, que abordo las perspectivas del cartón, no he querido alterar
su color tierra original porque es una reminiscencia a lo oriundo.
¿Por qué el color es la gran carencia en sus planteamientos artísticos?
En el momento en que enriquezca mis obras con matices no me quiero equivocar.
Quiero que el color lleve también un mensaje implícito, sin contraponerse
al del material, sino que no lo complete, pues tiene una voz en sí mismo,
de allí que sea una decisión de cuidado. Cuando me atreva, será
con tonos extraídos de la paleta natural que nos circunda, acordes con
nuestra idiosincrasia e identidad.
¿Cuáles son sus grandes núcleos simbólicos?
La imagen y la figura de un objeto llevan consigo un mensaje tácito construido
en símbolos. El cartón representa la fortaleza, lo primigenio,
eso que nunca pierde su esencia; el papel, lo perecedero y sublime; las formas
geométricas, el devenir. Para darle solidez a las formas debo apoyarme
en el cuadrado, el círculo y el triángulo que encarnan, respectivamente,
la solidez, el dinamismo y la inteligencia.
¿Qué papel juega lo lúdico en su bosquejo artístico?
El planteamiento, concepto, desarrollo y evolución de mis piezas obedece
a una necesidad lúdica. Es el impulso experimentador. Crear es jugar
a componer, a entablar elementos que, como rompecabezas, se van engarzando.
Es la materialización de un pensamiento y una solución. En esta
línea, he creado varios personajes gráficos que se suman a esta
pasión: Fico, Galo y Speaker. Los he trabajado en cartón, ahora
les estoy dando volumen y creando sus mobiliarios.
¿De qué herramientas se vale para lograr la empatía obra-espectador?
Del impacto que puede causar el objeto a primera vista. De la originalidad en
el empleo de los materiales, de la fluidez de sus formas, de su función
útil presentada en un formato que sorprenda.
¿En qué sentido sus piezas emulan la vertiginosa dinámica
de la vida?
Mi propuesta está inspirada en los conceptos de relatividad, devenir
y evolución, como el proceso que padece todo cuanto existe.
¿Cuál cree que es el rol social que debe cumplir el artista contemporáneo?
Debe ser un comunicador, un vocero universal que exprese con sus dones lo que
normalmente el conglomerado siente, pero no halla el camino para manifestarlo.
Debe despertar sensaciones, reflexiones. Debe hacer voltear la mirada al espectro
espiritual por medio de un objeto.