POR Jacqueline Rueda / Kharolina López FOTOGRAFÍA Jacqueline Rueda
Situada en la isla del mismo nombre, en las riberas del río San Lorenzo,
Montreal es uno de los principales centros industriales, comerciales y culturales
de América del Norte. Fundada en 1642, se erige como una de las primeras
urbes de Canadá que adoptó su nombre del “Mont Royal”,
un espacio verde urbano actualmente custodiado por edificios, e insignia inequívoca
de la ciudad.
Habitada por más de tres millones de almas, esta pequeña metrópoli
está ubicada a sólo una hora de la frontera con Vermont, Estados
Unidos. Es manejable, fácil de recorrer, gentil y hospitalaria, como
el talante de sus habitantes. De acento abiertamente bilingüe, se pasea
sin menoscabo entre vocablos franceses e ingleses, arma de ágil proyección
cuando brinda su condescendiente entusiasmo anfitrión a los turistas
interesados en sondearla. Tales códigos de comunicación la hacen
afable para quienes se tongonean en sus coordenadas gastronómicas o allanan
sus tiendas. Sin embargo, el refinamiento galo se convierte en la lengua predominante
de las inmediaciones de la provincia Québec.
Aferrada a una isla con forma de sonrisa, en la confluencia de los ríos
Saint Laurent y Ottawa, en Montreal hay gaviotas sobre estatuas, semáforos
y edificios de oficinas. Sus voces forman parte de la banda sonora de la ciudad
durante la primavera y el verano, estaciones idóneas para conocerla a
pie.
Nevadas de disfrute
Mientras algunos recomiendan no visitarla en invierno, otros más aventureros
aseguran que de diciembre a marzo Montreal es majestuosa, romántica y
mágica como un cuento de navidad, fotogénica como un ave en pleno
vuelo, e inolvidable como el aroma de una mujer. Si a este caudal de atractivos
se suman dilatadas pistas de ski sobre hielo, emplazadas a sólo 50 minutos,
al norte, y 35 al sur, no hay duda de que su hechizo es irresistible.
Lo que resulta pertinente e indispensable, en el caso de que quiera deslizarse
por sus fríos terrenos, es cargar con botas, abrigos y guantes especialmente
diseñados para resistir congelantes atmósferas que rondan hasta
-25 °C. De lo demás se encargan el consomé, las castañas
y el chocolate caliente.
Caminatas en bosques nevados con raquetas, ski de fondo (cross country), escabullidas
por toboganes de nieve espesa con trineos o tubes, periplos en carruajes halados
por caballos y patinaje sobre los estanques más célebres, son
algunas de las actividades que los turistas invernales no se pierden en Montreal.
Lo mejor quizás es el famoso Festival de la Nieve, Fête des Neiges,
realizado anualmente, entre enero y febrero, en el Parc Jean Drapeau. Los niños
arrean trineos tirados por huskies siberianos, tallan esculturas de hielo y
degustan la Tire, un sirop de arce caliente, vertido en una línea sobre
nieve fresca y enrollado en un palito de madera.
El resto del año, desde la primavera hasta mediados de otoño,
esta festiva ciudad se llena de cafés al aire libre y artistas callejeros.
Con el calor, llega la Fórmula 1, celebrada en el Circuito Gilles Villeneuve,
y los festivales de cine, música, circo y teatro. Los más famosos
son el Festival de Jazz y el de comedia Juste Pour Rire, “sólo
para reír”. Su incansable y sistemático quehacer cultural
y recreativo, acoge desde las citas más costosas hasta las más
accesibles, de modo que resulta una ardua tarea seguirle el paso al abarrotado
calendario.

Calurosa bienvenida
El corazón del verano está en el Viejo Puerto. Sin embargo, muchos
se llevan una sorpresa al conocerlo, por todo menos por añejo. Exento
de barcos, salvo uno que otro ferry de paseo, allí se saludan lanchas
para cruzar los rápidos y una marina que aloja botes privados. Otro de
sus imprevistos matices son las bajas aguas que yacen a unos 15 metros de las
barandas protectoras. La zona ha sido acondicionada como un amplio bulevar peatonal,
con grandes extensiones de verde pasto, mesas de picnic, cafeterías,
el Centro de Ciencias con su cine IMAX, un laberinto techado, el gran estanque
Bonsecours, veleros a control remoto y botes de pedales, un parque infantil
y la Torre del Reloj, emblema de la ciudad. La vista desde el puerto hacia Montreal
es indescriptible y en su horizonte sobresale la cúpula del Marché
Bonsecours, antiguo mercado de pescado convertido hoy en un complejo de elegantes
boutiques. Muy cerca, camino a las esclusas, aparece el Museo de Arqueología
Pointe-á-Callière, divertido recinto para quienes deseen echarle
un vistazo a la historia del nacimiento de Montreal, mientras suben a su cúspide
para cerciorarse de que el puerto sigue allí.
Los viajeros no deben perderse el Vieux Montreal (la zona antigua), el Campo
de Marte, explanada instalada detrás de la alcaldía, con buenas
vistas y restos de la muralla original que protegía la ciudad.
Los mercados locales, como el célebre Marché Jean Talón
o el Marché Atwater, son una opción perfecta para comprar quesos
y pescado. La coqueta e impecable disposición de frutas y vegetales,
las millones de flores veraniegas, las otoñales calabazas y la proximidad
con el canal Lachine (kayaks, paseos en barco, recorridos en bicicleta) hacen
de esta pequeña médula de abastecimiento una legítima gema.
Para aquellos sintonizados con su frecuencia espiritual, se ofrece el imponente
Oratorio de San José, desde donde se puede divisar el flanco norte de
Montreal.
Pequeña Europa
Rastreada a pie o utilizando el sistema de transporte público, conformado
por un total de 361 líneas de autobuses, además de una red de
trenes subterráneos explayada en 64 kilómetros de longitud y 65
estaciones pletóricas en obras de arte, también puede optar por
alquilar un carro, sin olvidar que el mapa, en este caso, es de urgida necesidad.
Sea cual sea el método elegido, no escatime en regalarse un recorrido
de medio día por la ruta escénica de las costas de West Island.
Allí encontrará restaurantes, marinas, parques y más parques
al borde del agua, tiendas curiosas, veleros, canoas y, sobre todo, podrá
apreciar la arquitectura y jardinería genuinas de esta urbe. De regreso,
avizore dos de los barrios más elegantes: el muy inglés Westmount
y el muy francés Outremont. En este último, una parada para merendar
en la calle Bernard será ¡magnifique!
En meses cálidos, los parques derrochan esplendor. Entre las alternativas
predilectas de sus residentes y visitantes aparece el famoso Parc Mont Royal,
ocupando la colina levantada en el ombligo de esta metrópoli. Tiene bosques,
senderos, un lago y un gran mirador en el que las cámaras fotográficas
se pelean por inmortalizar la vista. El segundo parque, para quienes alquilan
un automóvil y se arriesgan más allá del downtown, es el
René Lévesque. Es una planicie de verdor del cual brotan esculturas
adentradas al Lago Saint-Louis, frente a la comunidad de Lachine. En sus circunscripciones
podrá alquilar bicicletas y patines para rodar por sus caminerías
cercanas a los botes de la marina. Por último, el favorito absoluto de
los locales es el Jardín Botánico de Montreal, uno de los más
grandes del mundo. Edenes japoneses, chinos, silvestres, acuáticos, tropicales,
alpinos o de diseño se transforman con las estaciones, en un perpetuo
espectáculo de color. “La Magia de las Linternas”, de septiembre
a octubre en el jardín chino, y “Mariposas en Libertad”,
en abril, son dos eventos muy esperados por los nativos.

De todo para todos
Para ir de compras, lo mejor es la animada calle Saint Catherine, por donde
se puede arribar a centros comerciales como Eaton, Les Ailes de la Mode o Montreal
Trust. En sus cercanías reposa The Bay, la tienda por departamentos más
importante. Un merodeo por Sainte Catherine debería incluir la Place
Des Arts, sede del Museo de Arte Contemporáneo y de la Ópera de
Montreal. En la acera posterior, el Complex des Jardins agrupa buenas vitrinas.
En dirección opuesta, también por St. Catherine, la McGill College
es una de las calles más aplaudidas. Aglutina librerías, cafés,
esculturas, flores, exposiciones a la intemperie y, al final, escondidos entre
los árboles, se levantan los magníficos edificios de la Universidad
McGill, con el gallardo Mont Royal detrás. El conjunto es de película.
Debajo de esta encantadora escena urbana se mueve, como un tornado, la famosísima
Villa Subterránea de Montreal.
La Ville Souterraine es grande. La mayor del mundo. Tiene 32 kilómetros
de túneles que enlazan siete estaciones de metro con hoteles, centros
comerciales, ferias de comida rápida, restaurantes, la estación
de tren, edificios de oficinas, cines, teatros y museos. Son aproximadamente
dos mil tiendas que esperan por ser registradas sin tener que vislumbrar lo
que ocurre sobre su nivel, área a la que debe subir para emprender colindantes
conexiones. Tal clandestinidad es especialmente agradecida en los meses más
gélidos. Los turistas pueden llegar a las tiendas en el metro, estación
McGill, o a pie, si están hospedados en la preciosa avenida Sherbrooke
o en sus proximidades.
Quienes viajen en vehículo, deben recordar que los estacionamientos públicos
siempre parecen estar herméticamente cerrados. Sin embargo, al acercarse,
la puerta de entrada se abrirá sólo por el tiempo conveniente
para no dejar escapar la calefacción.
De noche, la calle Saint-Denis se enciende. Montones de íntimos restaurantes
de todas las nacionalidades y precios reciben diariamente a un puñado
de comensales, sobre todo en verano. La mayoría de los establecimientos
son informales y relajados. Aproveche para saborear una poutine, especialidad
provincial a base de papas fritas y queso blanco bañados en una intensa
y gustosa salsa oscura, y los tradicionales sándwiches con mucha carne
ahumada... Otra calle ineludible es la Mont Royal, allí pululan tiendas
y locales especialmente eficientes para los corazones más bohemios.
Este torbellino de facetas polifónicas, avasallantes y prodigiosas es
el alma de un destino que, año tras año, abre sus magnánimas
puertas para cobijar a profesionales de todos los rincones del planeta. Este
hálito multicultural opera a favor de los turistas, quienes se topan
con rostros amables acostumbrados a todos los acentos y formas de vida, a heterogéneos
olores, a impredecibles ofertas gastronómicas y, sobre todo, a obsequiar
las luminiscencias de una urbe latente e inquebrantable.