Majestuoso e imponente,
el Hotel Humboldt se yergue
en el asombro de sus espectadores
para convertirse en la deslumbrante cúspide arquitectónica de los años 50. Fiel custodio de sibaritas encuentros sociales y símbolo
del poder constructor humano, este lujoso coloso guarda en sus paredes los ecos de una época dorada

POR Kharolina López FOTOGRAFÍA David Torres

Erigido como una solemne caricia de la modernidad arquitectónica criolla, el Hotel Humboldt, a pesar de su casi cincuentona índole, se mantiene latente y ensoñador. Su magnífica estructura y gallardo porte fue la feliz respuesta de una plácida estrategia de recuperación paisajística cuyo fin último era pincelar los atributos de un entorno caribeño. Por entonces, Venezuela crecía preñada de sólidas obras, de visiones alentadoras y, sobre todo, de futuro. Germinado de las dictatoriales pero productivas elucubraciones del recordado Marcos Pérez Jiménez, le debe su nombre al geógrafo y naturalista alemán Alejandro Humboldt, quien recorrió las montañas del imponente cerro El Ávila para legar valiosas glosas desprendidas de sus minuciosas observaciones.

Fue así como el 29 de diciembre de 1956, la “Hostería de la Cota 2.000”, como fue designado por aquellos tiempos, abrió sus puertas para alojar en sus amables aposentos a los más ilustres personajes de la alta sociedad caraqueña y acoger las fiestas más célebres, ocultando sagazmente en sus secretos pasillos las clandestinidades de quienes pisaban sus excelsas demarcaciones, como aquella supuesta amante presidencial quien, por despecho, decidió saltar al vacío desde una de las suites que reposan en el recordado piso siete del hotel.

Tomás Sanabria es el artífice de este impactante tesoro. Formó parte de la segunda generación de arquitectos venezolanos forjados en el exterior e impulsadores de las edificaciones más vanguardistas del país. Su construcción civil fue supervisada por el laureado ingeniero Gustavo Larrazábal y la compañía venezolana Eneca, todos de la mano del entonces Ministerio de Obras Públicas.

Circular por sus espacios es evocar el exquisito andar de las mujeres y hombres de los 50, trajeados con soberbias indumentarias de la época. La majestad de cada uno de los detalles, salones, pasillos y estancias esboza un pulcro y mágico halo que se niega a morir.

Casta refinada
Estacionado en la cumbre de El Ávila, a unos 2.105 metros sobre el nivel del mar, el Hotel Humboldt es una osada referencia arquitectónica en el que se emplaza una torre circular que obsequia una descomunal vista de 360º que alcanza el Valle de Caracas y buena parte del Litoral Central, privilegiada panorámica que puede disfrutarse desde sus dilatados ventanales elaborados con cristales exclusivos que contrarrestan el frío extremo y preservan las condiciones térmicas internas de la edificación.

“Con una altura de 59.5 metros, tiene 19 pisos distribuidos en un sótano, planta baja, mezanina y 14 pisos en los que se reparten 70 habitaciones tipo suite de más de 50 metros cuadrados de dimensión, cinco por cada piso, en las que se disponen los más modernos y costosos mobiliarios de la época, pero que en la actualidad se encuentran totalmente clausuradas”, explica Jesús Pérez, guía de la hostería.

Ataviados con opulentos ornatos, los recodos de este albergue refieren una ostentación casi inverosímil y directamente proporcional a las altisonantes sumas de dinero invertidas por quienes deseaban consentirse en los brazos de sus encantos. Para arribar a su infraestructura, los huéspedes debían subir a los cubículos del teleférico, cuya estación final desembocaba en el lobby de este chic remanso.

Levantado en tiempos de dictadura militar, el Hotel Humboldt fue considerado el símbolo de la opulencia petrolera del país y testimonio de ello son cada una de las galas que descansan en sus dominios. “Los pisos de sus salones más importantes fueron revestidos con hermosos mosaicos de jaspe verde, llevados desde Guayana por órdenes del mismísimo Pérez Jiménez”, comenta Jesús.

El hermoso mural que adereza la recepción fue creado por el prestigioso artista Arvelo Arellano. De estilo gaudeano, es un azulejo elaborado con miles de cortes de cerámica cuyo ensamble es fiel reflejo de la flora y la fauna de los paisajes norte y sur de El Ávila. Mientras la faz explayada hacia la ciudad refleja la vida animal y vegetal propia del flanco sureño de la emblemática montaña, el rostro que saluda al mar Caribe rinde homenaje a la vida silvestre que fecunda el sendero norte de El Ávila.

Si de preciosismo se trata, los salones de aseo poseen antesalas en las que los usuarios pulían sus beldades en finos muebles, lavamanos de mármol, columnas y griferías de bronce, todo iluminado por lámparas de aluminio que aún encienden su dicha.

Refugios sibaritas
En sus tiempos mozos, este contorno estuvo dotado de espacios prestos a halagar. “Un comedor, un mirador, además de estructuras adosadas donde se encontraban áreas sociales: amplísimos salones para todos los gustos, un estar, dependencias administrativas, servicios y una piscina cubierta con un sistema de calentamiento de agua por calderas, único para su época; lámparas especiales para generar calor y paredes exclusivas para retenerlo. Todos artefactos de la distinguida marca alemana Mercedes Benz, que aún hoy, 50 años después, funcionan a la perfección”, explica Pérez.

Al entrar al actual recibidor, déjese arrullar por la calidez de una hermosa chimenea de cobre elaborada a mano. En la línea opuesta, aparece, casi como una alucinación, “El Mucurubá” o “Lugar de las estrellas”, uno de los ocho salones que operan actualmente. En el pasado era la gran disco del hotel en los 50 y cuando llega la noche, aún pueden apreciarse iridiscentes estrellas dibujadas en su cielo.

El salón alemán es sencillamente un tesoro que alegra los sentidos. Bautizado otrora como “La Cervecería”, en sus contornos solían reunirse los huéspedes de espíritu joven amantes del buen beber para disfrutar al estilo germano.

Los salones Inglés y Francés son la viva estampa de la distinción. En el primero de ellos despuntan sobrios mobiliarios en negro y tonos tierra, era empleado por caballeros que deseaban arrojarse al placer de una copa de brandy, mientras que en el ala francesa, orlado en matices pasteles y rosas, confabulaban elegantes féminas al compás de incansables tertulias.

“El Humboldt”, antigua tienda de souvenirs, y “El Roraima”, son otros de los ambientes que brindaba el hotel en su abanico de interesantes opciones. No deje de transitar por el lobby original, hoy en día convertido en el “Gran Salón de los Eventos”, cuyo extraordinario perímetro y techo, réplica del levantado en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, lo recibirán para beneplácito de su mirada.

Paseos de ensueño
Este hotel cinco estrellas, es sin duda uno de los emblemas arquitectónicos más reverenciados de Caracas. Su humanidad, que forcejea con la niebla instalada en los derredores de su empinada ubicación, ha tenido que padecer los embates de la clausura y ha fungido como escuela de hotelería, lo que ha contribuido con su patente quebranto. Privatizado en 1998, a través de una concesión de 30 años otorgada a la compañía Inversora Turística Caracas, S. A., esta grandiosa reserva de memorias es rescatado gracias a la iniciativa de sus concesionarios, respetando la conservación de los legados que gravitan en sus entrañas. Su nueva imagen y férreo empuje reposan en el talento del arquitecto José Totom Sánchez y se fundamentan principalmente en un refrescamiento de sus áreas sociales y habitaciones.

Desde hace tres años, quienes se adentran a este gallardo cíclope disfrutan de interesantes visitas guiadas, emprendidas cada media hora, en las que podrán transitar algunos de sus espacios más insignes, siempre y cuando las instalaciones no hayan sido rentadas para celebrar alguna ocasión especial. En teoría, está operativo de lunes a viernes de 4:30 a 6:30 de la tarde, y los fines de semana desde las 11:30 a.m. hasta las 6:30 p.m.

Para quien reside o visita Caracas, resulta casi imposible pasar desapercibida aquella torre de luz que se posa sobre el esplendor y grandiosidad de El Ávila. Atrévase a vivir indelebles momentos, respirar los vapores del mar o la vegetación circundante y dejarse arropar con la gélida niebla que emerge de sus contornos.