POR Atamaica Rios FOTOGRAFÍA David Torres

Yamila Thi Binh Guédez Torres hizo un pacto con el arte. Estrecharon lazos y se prometieron una entrañable relación que ha dado crecidos frutos. Ella lo ha tomado como norte de vida y él se ha dejado seducir por los artificios de sus manos. El resultado de semejante luna de miel se ha traducido en la permanencia y evolución de accesorios y complementos con aroma de mujer.

Como en esas historias de amor juvenil, cruzaron miradas desde que la pequeña Yamila asistía a talleres del Conservatorio de Maracay, luego en los salones de la Escuela Rafael Monasterio, en los pasadizos de la Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela y seguidamente en Woodstock, Nueva York, donde afianzó su interés en la vertiente plástica orientada por profesores particulares.

De vuelta a casa, se sumergió en nuevas citas académicas entre las que destacan los aprendizajes logrados en los talleres “Dibujo Libre”, con el Artista Plástico Eugenio Espinoza, y “Cine y Arquitectura”, con su colega Juan Astorga. Su pergamino de labores ha acogido diversos desempeños como asistente de los artistas plásticos Rafael Barrios y Eugenio Espinoza, hasta culminar como directora de Planeamiento y Transporte Urbano de una Alcaldía en Maracay.

Parada sobre prominentes zancos, explica cómo se fueron concatenando ocupaciones y entusiasmos: “Me gradué de arquitecto porque sentía la necesidad y el interés de trabajar para la comunidad, pero siempre tuve en mente y alma que materializaría todas mis ideas, y las canalicé en el diseño de accesorios y complementos. Producir ornamentos auténticos para la mujer sintetiza mi vida”.

En el camino no hubo obstáculos relevantes y hasta los padres de la apureña consintieron su estrecho secreteo con el arte. De su antiguo rol tomó prestado “lo alegórico, lo onírico, lo sublime y lo lúdico”, haciendo de su nombre una marca femenina, avasallante, multicultural, arriesgada, fluida y colorida, traducida en densos y mullidos collares, ciclópeos zarcillos, sugestivos anillos, enrevesadas pulseras y ostentosos complementos como cinturones y diademas. En todos confluyen infinitos materiales que contrastan entre sí, bajo un estilo que “es el resultado absoluto de mi ser”, revela.

Su proceso creativo es tan irreverente como sus piezas. Los bosquejos tocan su mente “en el transcurrir de las calles, en la quietud de la noche, en un avión, en la playa… están relacionados siempre con el movimiento, con la dinámica del ser vivo”. Luego, “creo, esbozo, desarrollo, adapto, grafico e ilustro las ideas para que tomen vida”, todo zurcido y ensamblado bajo una atmósfera musical. “He producido líneas completas con pura salsa vieja, veo algo en DVD y bailo, ése es mi performance”, agrega sonriente.

Valiéndose del círculo, “una figura pura, femenina, que se completa con un principio”, y los restantes motivos geométricos, plasma su presente, pasado y futuro, con la utilización de “mallas de plástico, yute, lanas, mecatillo, láminas de acrílicos, latón galvanizado, hilachos de nylon y lycra, selonit, fibras naturales, semillas, vainas de crisantemos, cortezas de árboles, conchas secas y algodón”, obtenidos de “diferentes ciudades de nuestro país y de los lugares que recorro en el mundo”.

Su propuesta, esculpida para una mujer “altiva, segura, centrada, sencilla, arrolladora y definida, que se ame, amada, capaz, consecuente y definitiva”, ha sido exitosamente acogida por las féminas criollas y ha traspasado nuestras fronteras hasta haber orlado el desfile de Harper’s Bazaar, en el Miami Fashion Week 2006.

Los niditos de amor de Yamila Guédez, donde consuma su pasión por el arte, oscilan entre Valencia y Caracas. En ellos, su madre, Nancy Torres; la modelo Paula Machado, Ana Pereira, Maritza Góngora, Acriliconos por R&E y su tía Ketty Torres, la asisten con el fin último de que su creación “sea un complemento de seducción en la mujer y un elemento protagónico en su vestimenta”.