Por Pamela Velasco Ilustración Eric Viafara
Rostros constreñidos rastreando los aromas del dinero, temblorosas manos
retirando el botín ganado a punta de talento o de cruzar los dedos, redes
de colores iluminando a ráfagas el futuro encantado de cientos de espíritus
que intentan abrazar la fortuna para redoblar, de una vez y por todas, el saldo
bancario de su mermado patrimonio. En los brazos del azar, reposan ceniceros pletóricos
de ansias desahuciadas y las colillas de una suerte venida a menos.
En las butacas de sus circenses estructuras, los casinos han ganado la batalla
de la aceptación social con el fin de distraer en sus vientres el ocio
esporádico de sus intermitentes clientes o para allanar el alma de quienes,
ilusos, piensan que la fortuna es un titán de benévolos tentáculos.
En este orden de prototipos, se fusiona lo recreativo con lo obsesivo y es entonces
cuando la ludopatía cobra un astronómico peaje con destino seguro
a la zozobra, el desmembramiento personal y familiar y, por consiguiente, a la
ruina moral y social del individuo.
“La ludopatía es una enfermedad progresiva de la conducta en la cual
un individuo siente una incontrolable necesidad de jugar, a pesar de las consecuencias
negativas, con el resultado de afectar su salud física y mental”,
explica el psiquiatra César Sánchez, especialista en adicciones,
Premio Nacional de Psiquiatría Gabriel Trompiz y coordinador-fundador de
la Sección de Juego Patológico y otras Adicciones Comportamentales
de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (APAL). Esta
afección, reconocida como una perturbación del control de los impulsos
por la Organización Mundial de la Salud y por la Clasificación de
Enfermedades Mentales (DSM-III y IV), atiende a lo que el experto denomina “adicciones
comportamentales o psicológicas, aquellas en las cuales se desarrolla un
proceso adictivo, sin que medie la ingestión de alguna sustancia, asociado
a una determinada conducta o actividad (comer, jugar, sexo, comprar, Internet)”.
Aunque no existen diversos tipos de ludópatas, se hace la distinción
entre tipologías de jugadores que, de algún modo u otro, abren la
puerta de la dependencia, sobre todo cuando se trata de individuos vulnerables.
Los matices aceptan la incorporación de los llamados jugadores ocasionales,
esos que sólo apuestan de vez en cuando; los sociales, quienes acarician
el juego como trampolín de placer o de roce con sus semejantes; aquellos
episódicos, que se lanzan al azar por un período determinado y motivados
por algo en específico; los habituales, que no tienen razones para jugar
pero las buscan; los profesionales, quienes apuestan estratégicamente,
libres de apasionamiento; los problema, que abusan de la práctica a tal
punto que la actividad genera desequilibrios económicos, convirtiéndose
incluso en una patología desbocada, pues carecen de voluntad para abandonar
la rutina.
Es así como la razón que instiga a una persona a sumergirse en este
resbaladizo lindero obedece a múltiples estímulos. “Pasar
un rato, curiosidad, deseo de ganar dinero, superar la tristeza, el aburrimiento
y la monotonía, integrarse en grupos, etcétera. Quienes persisten
y son vulnerables a este hábito, que suele desencadenarse en la adolescencia,
emprenden un proceso extensible entre cinco a 20 años”, explica Sánchez.
Modus operandi
Cuando apostar se convierte en el principal norte de vida, aparece la dependencia,
estado por el cual el afectado se vale de las mil y una artimañas para
saciar su desenfrenado apego, sin prever que con su conducta está construyendo
una frágil casa de naipes, susceptible a derrumbarse con el más
leve viento.
Penélope (seudónimo) lleva dos años y tres meses sin acercarse
al letal embrujo que despertó en ella las salas de azar. Tan amarga y desmedida
afición le legó una devastadora experiencia que casi le valió
la ruina integral. “Desbaraté todos mis ahorros y cuando me quedé
sin dinero propio, comencé a tomar el de la administración de unos
inmuebles que estaban a mi cargo”, a tan escalofriante descalabro llegó
su adicción, sin contar que, por esas mismas razones, casi acaba con su
matrimonio. “La única razón por la cual no me suicidé
fue por mi hijo”, confiesa.
No importa dónde, cómo o cuándo, siempre prevalecerá
la premisa de que mientras se disponga de dinero para invertirlo, se utilizará,
sin pensarlo dos veces. “Claro está que el punto en común
de todo jugador es que, sin importar la cantidad de la que se trate, se lo juega
todo y siempre apuesta por más tiempo y con más frecuencia de lo
planeado”, aclara Penélope.
Esta costumbre acarrea inestabilidad laboral, financiera, social y emocional que
incluso puede conllevar a la muerte. Ante estos laberintos, Sánchez completa
diciendo que “entre los jugadores patológicos son frecuentes los
trastornos afectivos, y de ansiedad, abuso o dependencia de sustancias psicotrópicas
(bebidas alcohólicas, drogas) y las alteraciones de personalidad antisocial,
narcisística y borderline”. Esta última refiere a aquellos
quienes viven con un perpetuo vértigo emocional y estados anímicos
endebles.
Salvavidas
Aunque no posee una cura mágica, esta afección puede ser controlada
mediante tratamientos psiquiátricos y la asistencia a grupos de jugadores
anónimos, siempre y cuando el afectado reconozca su problema y solicite
auxilio.
Debido a su carácter comportamental, los ludópatas no requieren
una desintoxicación química, por lo que el cese del hábito
inicia con el cumplimiento de metas accesibles a corto plazo. “Tu meta de
no jugar no es para toda la vida, es sólo por 24 horas, porque no hay cosa
que le genere más ansiedad a un jugador activo, sobre todo al inicio, que
le digas que no puede volver a jugar por el resto de su vida”, cuenta Penélope.
Para lograr este cotidiano reto, es indispensable que el paciente se sume a los
equipos de personas que, como él, han caído en el foso de este torbellino
pero que están convencidos de seguir apostando, pero a la vida. Esta táctica
hace que compartan sus experiencias y que encuentren medios de catarsis y apoyo.
“En los grupos tenemos el lema HCM, es decir, Hospital, Cárcel o
Muerte, y eso sin exagerar nada”, comenta Penélope, señalando
parte de los muchos temas que ventilan durante sus reuniones semanales.
En el estado de recuperación, es capital contar con el apoyo familiar a
fin de que sean ellos quienes guíen las acciones del paciente, como mantenerlos
alejados de los sitios de juego e incluso controlar sus finanzas para evitar que
materialicen sus impulsos ludópatas.
Cuando los casos de adicción son severos, es recomendable complementar
con la asistencia a sesiones psiquiátricas. “Para el logro de estos
objetivos se diseñará un programa terapéutico individualizado
integral, a través de estrategias combinadas con utilización de
psicoterapia cognitivo-conductual, de pareja, y familiar sistémica, psicofarmacoterapia
y grupos de autoayuda (Jugadores Anónimos)”, aclara el experto acreditado
por sus 24 años incentivando el juego responsable.
Contactos:
Dr. César
Sánchez Bello 0416.695.00.96
Jugadores Anónimos Venezuela 0414.200.93.89
/ 0414.196.01.96.
E-mail: jugadoresanonimosvenezuela@groups.msn.com