Por Nora Valerii Fotografía David Torres
Su ilustrada prestancia resume el historial de una pulida fijación:
resucitar las fibras que pretendían extinguirse del panorama gastronómico
vernáculo, como la justa consecuencia de una orfandad abonada por los
ajetreados vuelos de la emancipación femenina y el dinamismo contemporáneo.
Sin ruidosas alharacas, este célebre hacedor de recetas con precinto
criollo es el benefactor de un milagro llamado “cocina venezolana”.
Como ingeniero civil, tiene en su hoja de vida la responsabilidad de haber participado
en la redacción del proyecto de estudios de Ingeniería en el país,
la construcción de la urbanización El Trigal de Valencia y el
Izcaragua Country Club de Caracas. Fue también secretario y vicepresidente
del Colegio de Ingenieros, presidente del IV Congreso de Ingeniería,
celebrado en Carabobo, y es miembro de la junta directiva del Caracas Country
Club. Pero hay cabida para más. En su altisonante currículo profesional,
registra el decisivo gesto de haberse consagrado, durante 12 años, a
fundar y capitanear la Academia Venezolana de la Gastronomía.
Los nexos de tan disímiles ocupaciones fueron acoplándose a su
quehacer para destapar la olla de una trayectoria que ha hervido, como los buenos
guisos, con la llama de sus aderezos. Mesías de los sabores inexorablemente
venezolanos, desde la paleta de sus aportes el gentilicio nacional se ha reencontrado
con su pasado gastronómico plagado de gustos que saben a dicha y dignidades
relegadas por sus propietarios.
Entre recetas reavivadas y sabores calibrados, despierta un ayer auspiciado
por el patrocinio italiano de sus padres, Antonio Scannone y Antonieta Tempone,
unidos en santo matrimonio en Moliterno, Provincia de Basilicata, Italia, hacia
1906, año en que hicieron sus maletas para conocer el rostro de Caracas.
“Llegaron a la casa situada en la avenida Sur 112 y luego trabajaron en
la finca, heredada de mi abuelo, ‘La Viñeta’, dedicada al
cultivo de hortalizas. Tenían cocinera y servicio doméstico venezolano,
quienes fueron las primeras personas que mi mamá conoció”,
recuerda Scannone, aludiendo a los lazos plantados en la comida nativa que,
junto a platos italianos, sustentó la humanidad de una fecunda progenie.
Escoltar a su madre, todos los jueves y domingos, en el proceso de elaboración
“de la pasta a mano y un ragú de carne, típica de su pueblo”,
en la preparación de las salchichas italianas a base de cochino, pimentón
y ají molido, además de semillas de hinojo, era la antesala que
vaticinaba copiosos almuerzos. Tales aromas forcejeaban con los del café
recién colado, el chocolate que anunciaba el desayuno, las hallacas y
los esplendores cromáticos que exudaba el guiso caraqueño: “Esos
son los primeros olores que me cautivaron y los que quedaron grabados en mi
memoria gustativa”, rememora.
En aquellos corredores sociales, la cocina y las recetas eran asuntos sólo
autorizados para las amas de casas y, como es de imaginar, a un ingeniero “director
o presidente de una empresa, como ya lo era,” le estaba vetado cometer
la intrusión inaudita de colarse a estos perímetros.
Angustiado por el porvenir de las hazañas gastronómicas de las
matronas de entonces, el mentado ingeniero comenzó “a escribir
un libro para guardar ese patrimonio, al menos para mi familia y mis allegados,
pues la progresiva desaparición de la comida y de los ingredientes en
el país me hacía presagiar la extinción de estas recetas.
Asentaba todo lo que se hacía en la cocina, busqué información
elemental de las pocas viejas cocineras que quedaban, lo que me obligaba a recrear
mis recuerdos”, describe. En las esquinas de esta colosal ambición,
Scannone concientizó que se trataba de la conservación del linaje
cultural de Venezuela.
De esa recaudación, surgió “Mi Cocina”, el tesoro
salvador que compila los sabores más emblemáticos del argot autóctono.
En sus versiones amarilla, roja y azul, este libro henchido de gustosas directrices
reúne la gracia escondida en los pormenores del pabellón nacional.
“Es un repertorio de proyección increíble que ha estado
al alcance del todos”, reconoce con merecida inmodestia.
A partir de entonces, las nuevas generaciones se han visto atraídas por
reproducir este crisol vivificante que desentierra raíces, memorias,
orgullo y tesón. “Es lo primero que meten en la maleta los jóvenes
que emigran a otros países, pues les es muy útil para la vida
familiar diaria”, para la sintonía con el gentilicio que dejan
con la esperanza de volver, pues se trata, para beneplácito del mundo,
del ABC del torrente tricolor con calidad de exportación. “Así,
nuestra comida comienza a ser conocida y gustada en todas partes, siendo, como
es, una cocina cosmopolita con muchas influencias”, evalúa Scannone.
A pesar de los intentos por salvaguardar esta herencia, las circunstancias han
empujado al borde de la extinción al “mondongo, la olleta, la polenta,
el corbullón, el queso relleno, el quesillo salado y, entre los dulces,
el majarete, el arroz con coco, los buñuelos, la mazamorra, las gelatinas
y los manjares, el pan de horno, las melcochas, los almidoncitos, la torta burrera
y la bejarana que, aún cuando las hay hoy en día, son de pésima
calidad”, esgrime mortificado.
Del prontuario culinario con sabor a estos lares, aprecia el hervor del sofrito,
hecho con “cebolla, ajo machacado, nunca picado; cebollín, ajo
porro, céleri, pimentón y tomate o consomé”. Entre
sus embajadores preferidos, se aferra, “si hay que elegir alguno, al mondongo
y al majarete”.
Aunque extrañe, esta apreciable recreación no es de su exclusivo
logro puesto que Armando Scannone se sumerge en los fogones sólo como
supervisor y juez de sus recetas, no como cocinero. “Durante la preparación
de ‘Mi Cocina’ y algunos años antes, las recetas fueron realizadas,
básicamente, por Francisca Monasterios, que en paz descanse, nacida en
los Valles del Tuy; Magdalena Salabarría, de Güiria, y Elvira Fernández
de Varela, nativa de Galicia, España”, quienes reciben de su parte
el agradecimiento y el mérito de haberlo acompañado y apoyado
en esta aplaudida y homenajeada cruzada que se ha granjeado “el agradecimiento
de quienes han utilizado mis libros. Nunca he recibido quejas, si acaso colaboración
en algún caso que se me haya escapado un error”. Cada procedimiento,
surgido de este entrañable equipo, se sucede en casa, en la comodidad
de su cocina. “Es un sitio de trabajo forrado de cerámica blanca
y acero inoxidable, con utensilios a la mano, aparte de un clóset y depósitos
para artículos de uso ocasional”, describe someramente.
El reto de aprovechar cada rendija para difundir la estirpe a la que ha dedicado
buena parte de su vida, hizo estacionar el portal “El Placer de Comer”
en los veloces carriles de Internet. Es un accesible muestrario de menús
integrales actualizados sistemáticamente, “sin compromiso comercial
o de otra índole”, aclara.
Reservado, y “dependiente en todo sentido”, cuando no se planta
frente a la ebullición de sus recetas, “me gusta oír buena
música y ver toda clase de espectáculos, soy un buen espectador.
Camino una hora al día y me gusta viajar, he conocido muchos países
y ciudades”. Estas experiencias y su devenir cotidiano los comparte junto
“a mis empleados, mi hermano Héctor, el menor y el único
sobreviviente, conmigo, de nueve hermanos, y con un pequeño grupo de
buenos amigos. Aunque me queda poco tiempo de vida, eso no me preocupa, el día
llegará”. Por ahora goza de buena salud, buena comida, buenos vinos,
y “de la gente que me quiere. No quiero ser el último y quedarme
solo, como huérfano”. Es por ello que, a sus 84 años, exprime
hasta el cansancio el tiempo. “Mientras uno tenga un reto que cumplir,
y siempre he tenido al menos uno, la soledad no se siente”, concluye.